La balada del metro sin puertas

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David Antona: La Balada del metro sin puertas

La Felguera Editores, Madrid, 2012

143 pp.

12 €

 

Hace tiempo, David Antona me dijo que existían dos tipos de escritores: los nómadas y los sedentarios (acompañando el comentario de numerosos ejemplos de uno y otro tipo). Sin duda, él pertenece a la primera categoría. Una división similar podría hacerse también respecto a los libros: aquellos que se arriesgan en un viaje que quiere trascender la literatura, devolvernos a la vida, y aquellos otros, perezosos y de estrechas miras, que se sienten cómodos en el hogar seguro de la literatura. La Balada del metro sin puertas pertenece a esa primera categoría, nace de la experiencia, entendida como algo más que la mera acumulación de momentos a que va siendo reducida la vida. Allí está la vida cotidiana, aquella ajena, cuando no enfrentada, a la miseria del trabajo asalariado, de la fábrica, del dinero. Una vida que quiere escapar a los límites artificiales que le son impuestos. Una vida que quiere ser libre, como siempre luchó por serlo David Antona.

György Lukács en su libro Teoría de la novela apuntaba dos características (entre otras) de la novela que la diferencian de los estilos literarios clásicos. En primer lugar, la novela tiene una voluntad demiúrgica, trata de recrear el mundo y su imaginario, «aparece como algo que deviene, como un proceso», no es una forma acabada, como lo eran la tragedia o la epopeya, sino que es una búsqueda incesante, una interrogación sobre sí misma. La novela tiene también un carácter esencialmente biográfico, el héroe de la novela es un héroe individual que se enfrenta a la pérdida de sentido del mundo tratando de crear su propio mundo, la novela «eleva al individuo hasta la altura infinita de aquel que debe crear todo un mundo para su vivencia y mantener esa creación en equilibrio». Pero ese equilibrio es siempre frágil, tanto como lo es el mundo real. La novedad de la novela reside en la novedad del mundo y del lugar del ser humano en él, un nuevo mundo y una forma de entenderlo y sobre todo de apropiarse de él, el de la burguesía, que pone al ser humano en el centro y al mismo tiempo abre aún más la brecha entre el ser y el mundo. La alienación está pues en el corazón de la novela, pero al mismo tiempo es atravesada por la búsqueda (individual y desesperada) de la reconciliación con el mundo. De ahí que la forma clásica de la novela sea la aventura. La novela de David Antona es una novela de aventuras en un tiempo en el que la aventura ha sido prácticamente abolida del mundo o, mejor dicho, en el período en el que ese enunciado pretendía ser una verdad fundamental de la época, en el que la aspiración a ser libre ya es una aventura. Cómo escapar de esa sociedad, sin huir de ella, será uno de los esfuerzos más dignos de la novela moderna, junto con aquel que trata de abolir la propia novela, agotándola en sí misma. Echarse a andar y pasear sin un rumbo prefijado, tal y como significa el término balade en francés. Pocas cosas quedan tan dignas de respeto como querer seguir el propio camino sin atender a las veredas y sendas.

La vida de Javier, el protagonista de La balada del metro sin puertas, es en gran medida un trasunto de la vida del autor. La narración nace de la experiencia y a ella se remite. Apunta por ello a la vida misma, pero no para recrearla, sino para cuestionarla. O mejor dicho, para cuestionar el abismo existente entre la promesa que contiene y el contenedor al que queda reducida. Donde mejor se expresa, por menos contaminada, esa experiencia es en la infancia (o en el momento revolucionario que nos devuelve a la infancia). En los recuerdos de la infancia de Javier en Burdeos, en ese descubrir el mundo y en el choque entre esa mirada y el mundo incomprensible que se abre más allá de ella, se abren las puertas de la memoria. Memoria de una cierta forma de ser y estar en el mundo, la de la infancia, pero también la de un mundo en el que existía todavía un sentimiento de comunidad, la memoria de un mundo todavía no consumido por la mercancía. Y una memoria del conflicto, del brutal choque entre la libertad y la dignidad humanas que defiende Javier y la vida miserable que impone la fábrica, pero también del conflicto íntimo entre una vida libre y el trabajo asalariado, conflicto que es el nuestro, y lo seguirá siendo hasta que el trabajo muerto sea solo un triste recuerdo y reencontremos la infancia. La conciencia de esa continuidad del conflicto lo aviva y en algunos casos puede llegar a romper la linealidad del tiempo y de la memoria de la derrota surgir la urgencia de la ruptura. Y quizás el destino del héroe moderno no sea solo individual y todavía haya esquirlas del mito que nos hablan de una vida compartida y libre.

Escribir es sencillo, lo difícil es vivir. David Antona vivió mucho y compartió mucho de esa vida. Su memoria es ya parte de la nuestra, su voz no se agotará porque ya no esté con nosotros. Que la tierra te sea leve, compañero.

(Reseña publicada en la revista Salamandra 21-22)

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